Balcón de Infantes

 

COLABORACIONES

       

Pasanteando en América

   

Por la carretera

Al hilo, más o menos, de lo que os contaba hace un par de meses sobre los caminos que me recordaban a los accesos a nuestras huertas, he pensado empezar el año hablando de las carreteras en este país de contrastes. Primero, porque esta pasada Navidad me he fijado especialmente en las diferencias entre las infraestructuras españolas y norteamericanas; segundo, porque, como ya os he contado aquí, es casi imposible concebir la vida en Estados Unidos sin disponer de un coche.

Aunque no fue siempre así, ya que incluso después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos carecía de una red de carreteras que sirviera para unir las ciudades más importantes. Hay quien dice que el impulso para desarrollarlas vino de la mano de los mayores constructores de automóviles del país, que pidieron al gobierno infraestructuras acordes a los nuevos vehículos que estaban fabricando, pero al final, en 1956, el presidente Eisenhower firmó la ley para el desarrollo de un sistema interestatal de carreteras como un medio de defensa nacional. El objetivo era permitir el desplazamiento por tierra de tropas y suministros militares en caso necesario y, de paso, también dar respuesta a la progresiva expansión de las ciudades en los años de prosperidad económica.

En la década de los 70, las familias de clase media empezaron a marcharse a vivir a las afueras de las ciudades, a los nuevos vecindarios de casas con jardín y centros comerciales, y para los que el coche se convirtió en un bien indispensable. No es difícil imaginar a partir de aquí que el desarrollo de carreteras cada vez con más carriles, más amplias y seguras, se convirtió también en una necesidad básica. Lo he visto en Houston, en Nueva York, en el área de Los Ángeles o en el corredor Baltimore-Washington: miles y miles de vehículos se desplazan cada día por autovías y autopistas de peaje de cinco o seis carriles por sentido. Son carreteras inmensas, que necesitan también conexiones enormes, puentes y más puentes, que crecen conforme van creciendo a su vez las vías para los nuevos vecindarios que siguen proliferando.

Sin embargo, aparte del tamaño, yo señalaría otras dos diferencias con España: los arcenes de las mega-autopistas están más sucios que en nuestro país, como si no existiera un servicio de mantenimiento o, quizá, como si ese servicio no hubiera crecido al mismo ritmo que las vías; y, por otro lado, lo excesivo de los dispositivos de seguridad cuando ya se ha producido un accidente. Es fácil que corten una carretera de 6 carriles completamente hasta que llega el equipo de investigación. Imaginaos así qué atascos…

En fin, os dejo una foto que tomé al principio de llegar aquí, sorprendida todavía por la inmensidad de las carreteras. Se puede apreciar la amplitud, las líneas rectísimas y los laberintos de conexiones de asfalto y hormigón. No, no es un paisaje espectacular, pero es un símbolo de los caminos por los que discurre la vida cotidiana en este país.

 

Nota de la Redacción. En el número anterior esta sección debió ir encabezada con el título: "Hogar", pero por error permaneció el título correspondiente a noviembre "Un camino de Huertas".

 

 

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