Balcón de Infantes

COLABORACIONES

         

 

Apunte Gráfico

Por Mariano Lorenzo

 

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Francisco de Quevedo: Gerardo Vera dirige una adaptación de 'Los sueños'

«Maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres», así, nada menos, fue calificado Francisco de Quevedo en un incendiario libelo aparecido en Valencia en 1635.

Nuestro autor, intrigante, ambicioso y mordaz, había pisado muchos callos con sus pies deformes y tenía enemigos por todas partes. Varias veces había sido desterrado o se había recluido huyendo del lío en sus pleiteadas posesiones de Torre de Juan Abad (en Ciudad Real), y, cuando se publicó el libelo, sólo faltaban cuatro años para que fuera encerrado durante otros cuatro en el entonces convento de San Marcos, en León -hoy Parador Nacional, cruel prisión franquista durante la Guerra Civil-, donde rezó, leyó y escribió mucho y de donde salió con su salud muy deteriorada y como entró: sin cargos en su contra y sin ser juzgado.

Poeta amoroso, satírico, religioso y político, poeta en todos los géneros, uno de los más grandes poetas en lengua castellana de todos los tiempos, cultivador del soneto, la silva y el romance, intelectual retorcedor del lenguaje, creador de neologismos, incansable usuario e inventor de figuras literarias, dominador de la lengua culta de origen clásico y del vocabulario del pueblo bajo, Quevedo, maestro del conciso y rusiente conceptismo barroco frente al expansivo culteranismo gongorino, nunca llegó a publicar en vida una sola recopilación de sus poemas, y a José Manuel Blecua le debemos la reunión en tres volúmenes de sus casi mil poesías, algunas muy conocidas, casi todas muy poco leídas por el común.

El sacerdote y poeta Luis de Góngora, 19 años mayor, que pronto publicaría sus Soledades (1613), fue, precisamente, una de las primeras víctimas -mitad por envidia, mitad por afán de notoriedad- de las burlas sangrientas de un jovencísimo Quevedo antes de ser antologado en Flores de poetas ilustres (1605).

Quevedo hacía imitaciones paródicas de los poemas de Góngora y se metía con su presunta homosexualidad. El cordobés le respondía con otros dardos sin nombrarlo -aunque dando pistas: le llamó «Quebebo»-, y su enemistad beligerante duró toda su vida, si bien hay historiadores que minimizan el fragor de esa rivalidad.

Quevedo bebía mucho, en efecto, y fumaba, y frecuentaba burdeles y a gentes de mal vivir, y vivió un tiempo amancebado -¿tuvo hijos bastardos?-, y no soportó más de dos años su único y tardío matrimonio con una ilustre viuda cincuentona y madre de tres hijos -doña Esperanza de Mendoza-, lo cual podría parecer que entra en contraste con su precoz afición a la lectura, con su sólida formación con los jesuitas, con sus estudios de francés, italiano, filosofía, física, matemáticas y teología en las universidades de Alcalá y Valladolid, con su conocimiento de las humanidades, de las lenguas clásicas y de las Sagradas Escrituras y con su devoción por Séneca, a quien tradujo del latín y que le llevó a convertirse en destacado neoestoico, tratando de conciliarlo con sus hondas convicciones cristianas, según se desprende de su exquisita y temprana correspondencia con el senequista y filólogo flamenco Justo Lipsio.

Quizá convenga aclarar aquí, para mayor confusión, que Quevedo, tenido en la cultura y en la memoria popular como una figura crítica, rebelde, corrosiva y de humor escatológico -Gracias y desgracias del ojo del culo (1626), origen de tantos chistes quevedescos-, igualmente fue un hombre muy conservador, muy religioso (escribió libros sobre el santo Job, san Pablo y santo Tomás de Villanueva), nostálgico de las glorias pasadas y menguantes de la monarquía hispánica y fustigador de ateos, judíos, mujeres y homosexuales. Y quiso tener y tuvo poder político, y disfrutarlo, y por tal motivo conspiró, aduló o reprendió -según le convino- a los poderosos, y a ratos voló alto, y a ratos se precipitó hasta estrellarse.

¿De dónde surgió la vocación política de Quevedo? Pues, tal vez, de su mismo nacimiento en Madrid, en 1580, en el seno de una familia cántabra que servía en la intimidad de palacio al rey Felipe II. Cerca de los nobles y de los poderosos, pero sin serlo, el joven Quevedo tal vez desarrolló un resentimiento y un afán de superación que le llevarían al ruedo político, tanto más cuando su cojera, su fealdad y su galopante miopía desde niño -los quevedos, sus gafas- le hicieron objeto de las burlas de sus compañeritos.

Los cinco Sueños, adaptados con mermas y añadidos por José Luis Collado y puestos en escena por Gerardo Vera en el Teatro Valle-Inclán con interpretación de Juan Echanove, fueron escritos a lo largo de varios años y publicados en 1627. Son la obra mayor de Quevedo, el mejor compendio de un estilo y un pensamiento destinado a descubrir los «abusos, engaños y vicios en todos los géneros de estados y oficios del mundo». Del mundo, de antes y de ahora, sí, pero, especialmente, de los reinados de Felipe III y Felipe IV.

Quevedo se arrimó al emergente y escalador duque de Osuna, sucesivamente virrey de Sicilia y de Nápoles, y a su directo servicio prosperó y desempeñó comisionados, misiones diplomáticas y tareas de espionaje y soborno en Niza, Génova, Nápoles, Madrid y otras ciudades, logrando favores del mismísimo duque de Lerma, valido todopoderoso de Felipe III. Pero el duque de Osuna cayó en desgracia, y Quevedo con él. Aduló entonces al nuevo rey, Felipe IV y a su nuevo valido, el conde-duque de Olivares, y unas veces le fue bien -acompañó al monarca en dos viajes, fue nombrado secretario suyo- y otras le fue tan mal que acabó preso en San Marcos.

La otra gran obra de Quevedo fue sin duda El Buscón (1626), la última gran novela genuinamente picaresca de nuestra literatura y antecedente de los modos valle-inclanescos.

Francisco de Quevedo, que logró ingresar en la Orden de Santiago, murió en 1645 en Villanueva de los Infantes, apartado del poder y de la gloria que la posteridad le concedería.

De ELMUNDO

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Rincón Literario

Algo más que palabras 

Siempre a la Luz de la Poesía

 

(“Examinadlo todo; quedaos con lo bueno”; 1 Ts 5,21)

I.- MÁS VIVOS

Me gusta acogerme y recogerme,

amarme y recluirme,

quererme y custodiarme,

ensimismarme hasta el extremo de olvidarme,

viéndome en los demás, reviviéndome en ellos.

 

Porque nada soy sin su acompañamiento,

sin su estimulo, sin su vida en mi vida,

pues hasta en el ocaso de nuestros días,

necesitamos donde apoyarnos,

requerimos de una voz que nos avive y despierte.

 

Los senderos se allanan y alisan

con los latidos conjuntos,

descendiendo y ascendiendo, sea de día o de noche,

acogiendo y recogiendo la vivencia en un diario

existencial, donde convivir es hermanarse.

 

Me gusta acogerme y recogerme,

amarme y recluirme,

quererme y custodiarme,

ensimismarme hasta el extremo de olvidarme,

viéndome en los demás, reviviéndome en ellos.

 

Porque nada soy sin su acompañamiento,

sin su estimulo, sin su vida en mi vida,

pues hasta en el ocaso de nuestros días,

necesitamos donde apoyarnos,

requerimos de una voz que nos avive y despierte.